lunes, 17 de septiembre de 2012

De purísima y oro


Ignoro los caminos por los que alguien se hace antitaurino y no, por ejemplo, anticaza o antifoie de oca. Ya sé que quien se proclama lo uno probablemente será también lo otro; no se imaginen que intento escurrirme por la linde viscosa del silogismo. Pero, piénsenlo, ¿de dónde le viene al toro esa cualidad totémica que lleva, incluso a sus detractores, a elegirlo como símbolo de su repudio multidireccional? Probablemente sea la misma que llevó a tantos creadores –insértese aquí la fatigosa referencia a Hemingway, a Cocteau, a Picasso –a bajarse a la ribera meridional y arcaica de la tauromaquia, esa constelación del inconsciente colectivo que sigue bogando en el agua gris de nuestras neuronas.

Yo no soy taurino más que por contagio. Los toros son un arte que tiene mucho de tratadística, una aridez no apta para el diletante, un jardín de polvo vedado al profano y al turista que va a la plaza a sacar la foto de la incomprensión, a perder quizá el aliento ante un espectáculo, y no. No, porque el toro son las Siete Partidas de una intuición que va masticando el tendido como un solo hombre sudoroso, y lo que pasa en el ruedo es sólo un átomo de lo que está pasando en las bisagras del mecanismo taurino, el resorte que echa a andar el juego de esferas suspendido sobre los cuernos del morlaco, los pianos, las recepciones de hotel, los gacetilleros de provincias mareados de espuma, el madrigal del frío en las retamas. Así que no es el toro, sino su eco en la subjetividad, y eso hace del toreo un arte moderno, una vanguardia equiparada para siempre a la abstracción porque funciona, igual que ésta, como una reverberación del yo. El toro es la connotación, como un Messiaen que lanza su acorde fortuito no a la hueca atmósfera del auditorio, sino a las entretelas del alma.  Se lucha en vano contra algo que ha muerto ya, que languidece en el mismo trastero que la música clásica y que todos aquellos placeres que exigen un mínimo de instrucción. Hoy no quedan segundos que perder.

Toro en golpe de mar como mi pena. El toro es arte; el arte es una necesidad humana igual que el comer, el pan y la sal del alma. Si admitimos que el animal no es el humano y que por ello, por no ser el humano, puede ser usado como medio para satisfacer los fines del humano, es agotadoramente fútil circunscribir esos fines a lo material, a lo alimentario.

4 comentarios:

  1. Creo que te tambaleas, peligrosamente (aunque el mero hecho de tambalearse ya sea peligroso de por si), por la escueta línea que separa la argumentación lógica de la demagogia. Tú mismo dices que no te malinterpretemos, que no quieres realizar silogismos. Pues bien, si no quieres construir silogismos, no los cimentes sobre falacias. La principal, la construyes al final, cuando hablas de que el animal puede ser un medio para conseguir un fin para el ser humano. Mediante esa premisa, aseguras que matar a un toro en una plaza es perfectamente legítimo. No quiero entrar en materia de legitimidad, Dios me libre, pero basado en esa premisa, cualquier ser humano podría utilizar a los animales como medio para satisfacer otros fines, como por ejemplo, el sexo. Imagino lo complicado que les resultará a los zoófilos formalizar su relación con un animal, pero todo empieza por la comprensión.
    Entiéndeme, no soy taurino, pero tampoco doy aliento a los proanimales que dedican su tiempo y esfuerzos a escenificar un lunes por la mañana una matanza humana en una fingida corrida de humanos. De por sí, fingir corridas me parece muy fea costumbre, pero voy más allá: ¿es que esa gente no tiene nada mejor que hacer –como por ejemplo, buscar un trabajo- que escenificar semejante patochada? ¿De verdad creen que así me van convencer? Como mucho, quizá alguno de los pitones de las señoritas que se prestan a semejante farsa consiga que haya unas cuantas corridas de humanos, pero éstas sin fingir. Porque esa es otra, ¿Es necesario escenificar esto desnudos? Con el frío que hace a veces…
    Bien visto, estos proanimales emparentan tanto el animal con el ser humano que, muy probablemente sean los primeros en comprender y apoyar al zoófilo que pretende formalizar su relación con su pez globo. Aunque el zoófilo no sea proanimal, sino taurino, en fin, vaya chocho.
    A lo que iba “que me cierra el súper”. No me preocupa en exceso las pobres vidas de los toros que mueren en la plaza. No. Lo que si me preocupa es el mero hecho de que un ser humano disfrute con la matanza de un animal. De recrearse en ello. El acto en sí de matar es un acto indeseable, aunque a veces sea necesario -ya sea para alimentarse o para vestirse (creo que este último caso es menos necesario, no vestirse en sí, sino hacerlo con animales)-. En realidad, la premisa 1 de la falacia (la que te comentaba en el primer párrafo) es completamente cierta: el animal ha de ser un medio para satisfacer otros fines. Bravo, lo firmo. El problema es el fin. Podrías decirme: el fin es divertirse... bueno, vale, aceptado también, pero repito: me preocupa que te diviertas viendo cómo se mata a un toro, de igual manera que me preocupa que te folles a un perro. Y más aún que eso, que se considere un arte, eso sí que me produce escalofríos. Para acabar con este tema: dudo, mucho, de todo ser humano que se recree en los toros. Dudo en el sentido de que no confío demasiado en ésa persona, tanto moral como intelectualmente.
    Por último, dices que el arte es una necesidad humana, ¿tú crees? Yo creo que el humano es una necesidad del arte. Durante siglos hemos sentido la necesidad de admirar lo que en cánones se acepta como convencionalmente bueno o soberbio. Cuánto cinismo habrá en la expresiones: “simplemente maravilloso” o “es un auténtico genio”. A veces me produce vergüenza ir a un museo (y frecuento muchos, oiga). Cuando salgo, me siento con la necesidad de cubrirme el rostro con un periódico, como si saliera de un lupanar cualquiera. ¿Qué es el arte además de morirse de frío? Pues el arte puede ser lo que quieran los que establecen los cánones (aquí incluyo a los que oponiéndose a estos cánones –el establishment, yatúsabeh-, crean los suyos propios). Es decir, el arte un paraguas sobre el que resguardarse tanta y tanta gente con el objetivo de aumentar lo que realmente importa, la cuenta corriente. Pero es un paraguas con muchos abujeros. En definitiva, el arte es arte porque es dinero: no-te-confundas. Y oye, el arte, al fin y al cabo, sin el ser humano, no sería arte, ¿no?


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    1. Ya digo en el post que el debate toros-sí-toros-no me parece bastante bizantino. Hace tiempo que ha sido atropellado por una realidad, la de la progresiva, irreversible indiferencia del público. Una realidad "de mercado", si quieres, que es la que va a determinar el futuro de la fiesta (y de muchas más cosas que no viene a cuento sacar a colación). Hay gestas, como la de José Tomás, que sirven para insuflar unas horas más de vida al moribundo, pero estamos hablando de Ramón Sampedro, no de Michael Phelps.

      Pero dado que te has tomado el tiempo en comentar (un tiempo que supongo retribuido por alguna empresa para que lo dediques a cosas totalmente distintas), te hago algunas precisiones sobre la postura que "defiendo":

      1) No digo que quepa justificar el uso de los animales como medio para "cualquier fin". Sí digo que limitar los usos legítimos a los alimentarios es fruto de una visión pacata y empobrecida del ser humano, además de un ejercicio de arbitrariedad y de falta de reflexión.

      2) No creo que los toros sean "diversión". Los correbous, o tirar una cabra desde un campanario, o arrancar de cuajo la cabeza de un ganso colgado boca abajo, sí son diversión, y de la peor calaña. Son puro regodeo en la crueldad gratuita, y en eso estoy totalmente de acuerdo con tu argumento (que me parece el único argumento antitaurino medianamente potable): deberían prohibirse NO porque los animales tengan "derechos", sino porque degradan al ser humano que participa en ellos. Quizás, tirando del hilo de este argumento, deberían prohibirse también el Vice City, Salvar al soldado Ryan o La naranja mecánica, y hasta los libros del marqués de Sade. Pero esgrimir unos inexistentes "derechos" de los animales para determinados fines, que luego exceptuamos a conveniencia si el fin es otro (aunque sea un fin tan prosaico como un bistec, unas Camper o unas Hot Wings del KFC)... no sé. Me suena más bien a una aversión soterrada hacia ciertos fines, una aversión sustentada tal vez en las fobias políticas inconfesadas de los animalistas. No es el toro, sino lo que representa, lo que les causa urticaria a muchos anti-fiesta. Se ha visto muy clarito en el caso de Cataluña, donde la clase política se ha retratado con motivo de la prohibición, pero creo que hay más de eso y no sólo en Cataluña.

      2.1) Los toros, digo, no son puro regodeo en la crueldad gratuita. Esa afirmación creo que nace del desconocimiento del toreo, cuyos cánones se basan en la precisión "quirúrgica", la plasticidad, el flow, man, que diría Alberto Olmos. Si un torero monta una escabechina a la hora de entrar a matar, le cosen a cojinazos desde las gradas. Si un picador se pasa con el "metisaca", los del 7 se cagan en su puta madre. Si sale un toro cojitranco e inválido, se devuelve, porque aquí no se trata de dejar sentado el dominio del hombre sobre la bestia, ni de montar una orgía de sangre, sino de crear belleza. Matices todos que los de la cabra y el campanario o los del toro de la Vega se pasan por el forro de los mismísimos.

      3) Sobre si los toros son arte: creo que, más allá del debate sobre qué sea el arte (aparte de morirse de frío), en el toro se reúnen ingredientes muy parecidos a lo que se ha dado en llamar, vaya usted a saber por qué, arte. En concreto, ingredientes que lo acercan a las corrientes de vanguardia. No sé. Es mi opinión totalmente acientífica y no contrastada, y daría para mucho tiempo perdido argumentando con brillantez y honestidad por mi parte y contraargumentando artera y sibilinamente por la tuya. Yo lo dejo apuntado, pendiente de ulterior desarrollo.

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  2. Estoy totalmente de acuerdo. Y antes de decir "totalmente" me lo pienso, ¿eh? ;-) Brillante.

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    1. Muchas gracias, Juan Luis, por su adhesión a la causa, que por meditada valoro mucho más :D.

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