martes, 28 de agosto de 2012

Querida Rosa

Querida Rosa:
Sé que no te importará que te tutee y prescinda de otra fórmula que la llaneza, o la llanura, aunque nunca te haya saludado en persona. Tampoco sé muy bien que te diría si se diera el caso. A veces he tenido la ocasión de saludar a prohombres (y, me imagino, promujeres), sólo para constatar mi patológica falta de reflejos en tales situaciones. Mis reflexiones, además, son las de un ciudadano de a pie, preocupado como tantos por la marcha de mi país. Las conoces y haces tuyas, en gran parte.
Rosa, sueño de nadie bajo tantos párpados que dijera Rilke, ese checo que escribía en el alemán del imperio, cuajándolo de ángeles. Tú hablas el español de un imperio naufragado, y lo hablas con el mismo acento de los marineros vascos que llevaban por los mares el plus ultra del caserío y dejaban la Patagonia sembrada de apellidos. Ese español de cinco vocales, dicen que por contagio del minimalismo vascuence en los reductos de la reconquista, es un pentagrama que llega, echándole voluntad política, para ser bilingüe en batúa, pero con el inglés ya lo tenemos más jodido. Dicen los expertos de la oratoria que eres, con Gallardón, el mejor pico del hemiciclo, una Juana del arco parlamentario. Yo disfruto al verte posada en la tribuna, aturdiendo a la bancada espesa con manguerazos de Robespierre. Hasta las leyes de bases que cantas de carrerilla las dejas en brasas.
En El mundo de ayer, que estoy leyendo estos días, Stefan Zweig repasa el cambio de siglo y las dos guerras, que él vivió desde la primera fila de su Austria natal. Zweig, que acabó sus días como un judío apátrida, desterrado de esa Europa que soñó como un gran hermanamiento, transpira una angustia muy similar a la de este minuto, un sentimiento de derrota que es primo hermano del que hoy nos invade al contemplar cómo el mundo que se ama, donde aún significa algo el pacto de caballeros de la democracia, va enfilando el desastre sin solución posible.
También hoy hay peligro, me temo, de que la vida de las personas, de los peatones de la Historia y la política, quede atrapada en el fuego cruzado de la lucha ideológica, emparedada entre unas fuerzas políticas con intereses cada vez más ajenos a los de la ciudadanía. Sin que nadie se preocupe por la causa de la normalidad, de la sensatez, de todo aquello sobre lo que, por encontradas que sean nuestras posiciones, sí hay un acuerdo posible y necesario. Se agradece ese coro de voces, pequeñas y perennes, que llevas con batuta dicen que férrea, empeñada en defender lo que debe ser defendido.
Llueven juicios sobre ti, encendidos y variopintos. Te acusan de facha y de roja, de oportunista y de intransigente, de extremista y de tibia. Te van a dar, Rosa, hasta en el DNI. Yo creo que no quieres DNI vasco para no recibir ahí también. Es lo que tiene tocar los cojones a diestro y siniestro, transversalmente. Lo de la transversalidad es un sacerdocio ingrato y generoso. Ojalá que engendre hijos políticos. Ya tienes una prole que es de su padre y de su madre, y te siguen cómicos y catedráticos de lógica y amas de casa. Las dos Españas convergen en torno a tu programa escrito en piedra como las tablas de la ley. En lo demás, has decretado libertad de conciencia, y eso, creo, hace la mayor parte del appeal de UPyD: no se trata de suplantar la conciencia de nadie, sino de hacer posible la coexistencia de las distintas conciencias, tratando de poner en claro, sin dogmatismos, las condiciones de posibilidad de esa coexistencia. Sigue por ahí. Jamás pienses que es necesario adoptar una postura oficial sobre todas y cada una de las controversias del momento, como hacen quienes creen estar en posesión de la verdad absoluta. Un partido político no es una religión, ni sus seguidores tienen por qué tener siempre a mano un catecismo de urgencia. No sucumbas a las voces que, de uno y otro lado, te instan a retratarte, con el obvio afán de encasillarte en una tendencia y que te dejes unos cuantos miles de votos en la gatera. No sucumbas al horror vacui, llenando de dogma los espacios que corresponden al pluralismo. No necesitas ofrecer un “sistema de pensamiento” para hacer una política seria: te basta con ofrecer pensamiento genuino, en un escenario dónde éste brilla por su ausencia, acallado desde hace rato por el estrépito de dos monolitos en plena colisión.
Pues eso quería decirte, Rosa. Que no sé por qué creo que, si a Stefan Zweig le hubiera tocado vivir en nuestra época, haríais buenas migas.







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