jueves, 30 de agosto de 2012

Lo de emprender

Está el personal últimamente muy encoñado con eso del emprendimiento, una moda o propensión colectiva que recorre las redes sociales. Si hacemos caso a las mamarrachadas que cuelga ese mismo personal en sus perfiles, España ha pasado a ser de la noche a la mañana la mayor cuna de emprendedores de la Historia, quizás sólo por detrás de la Argentina, que como todos saben es ese nuevo mundo plagado de oportunidades. Si uno no ha vendido una escoba en su vida, no es obstáculo. Siempre puede decir que tiene una personalidad emprendedora. Así que tenemos, parece, un rebaño de líderes. Lo del gintónic va pasando poco a poco, pero parece que lo del líder barra emprendedor se queda un rato.
Que no se me entienda mal: a uno le parece que esto de reivindicar al emprendedor, de redimirle de esos grabados del diecinueve en los que siempre sacaban al lobo capitalista con guantes y chaleco, es justo y necesario, y hasta oportuno en estos días. España está convaleciente no sabemos muy bien de qué, y está por decidir si tiene cura o es crónico. Más que de un médico, estamos necesitados de un mago, que saque puestos de trabajo de la chistera a ser posible. Al menos, de la era post-Jobs, hemos sacado en claro que el milagro no está en colectivizar segadoras, telares ni un lineal de Hacendado, sino el conocimiento y la cultura, que son los medios de producción modernos, y otro gallo nos cantaría si los Sánchez Gordillo del momento hicieran su cruzada desde esas aulas que dejaron vacantes.
Dicho lo cual. Que ahora lo de emprender se ha convertido en una moda imberbe, o es a cierta juventud lo que la camiseta del Che a otra cierta juventud. La juventud, que anda sedienta de espejismos, ha comprado la última burbuja del liderazgo y corre a aprender en los estantes del VIP’s esa nueva ascética del management. La mayor librería del país vende mitad novela histórica, mitad manuales de gestión empresarial y, entre los precocinados y las fundas del iPhone, uno puede soñar que se convertirá en su propio jefe con solo leer cosas mal escritas sobre quesos. O traducciones chuscas de El arte de la guerra pasadas por agua e inglés californiano.
Por su propia definición, líderes hay pocos; a veces, incluso, sólo uno. Una pirámide en la que todos los puntos son vértices ya no es una pirámide sino otra cosa que no se entiende, pero al currito se le vende la panoplia del líder como algo al alcance de la mano. Eso de ser el jefe de uno mismo, piensa el currito, debe de ser como no tener jefe. La polla, vamos. Las multinacionales se relamen con esta especie de pócima de la motivación que se han inventado y que les quitan de las manos, porque tener una oficina obsesionada con triunfar es mucho más productivo que tener una oficina obsesionada, un poner, con ser buenos padres, con la verdad o con el sentido de la vida.
Y ahí está la madre del cordero. Lo del culto al individuo que logra cosas es algo como muy renacentista, pero cuando el único logro que se le pone delante es la zanahoria del éxito económico (ni siquiera el profesional, no: el éxito de los negocios), la felicidad cojea como una mesa vieja. La felicidad va a cojear siempre, no nos engañemos, pero una biografía de Steve Jobs no basta para calzarla; hará falta, además, alguna buena novela, algún tratado de arte, un libro de poemas, y un par de revistas de ésas de alegrar el ojo.
Y ya verán que ni aún así.

No hay comentarios:

Publicar un comentario