jueves, 30 de agosto de 2012

España cani

Umbral nos deja la noticia del país que fuimos en una colección de artículos publicada bajo el título España cañí. La España de unos años que pasó ante el espejo contemplando su desnudo, antes de dar el paso a las candilejas de la modernidad, con el peplo inconsútil de la democracia aún fresco sobre la piel de ninfa. Es, quizás, la España más España de la Historia reciente, una foto de camerino birlada por el genio tras la puerta entornada, emborronando arruga y maquillaje en una estampa de turbia clarividencia.
Me dice uno que ha leído “España Cani” en la portada, por descuido; un descuido certero, en todo caso, porque me parece que ése sería, precisamente, el título del retrato umbraliano de la España de hoy. La España en el espejo de aquella hora, la de la Transición, era una España acomplejada, renegadora de los lunares atávicos que se iba descubriendo sobre la piel de luna. Una España cañí, más cañí que nunca e inoportunamente cañí, justo cuando menos querían serlo los padres de la patria, la intelectualidad del momento, las portadas del Interviú. Pasa un poco de eso ahora, en el momento en que todos querríamos ser escandinavos, y volvemos la cabeza ante lo cani, que es una infusión de todas las vulgaridades que nos gustaría extirparnos. Pero me temo que no nos podemos extirpar sin más lo cani porque es un órgano vital por donde respiramos. Lo cani es fruto del desahogo, ya que no de la prosperidad, del obrero; un coágulo de fantasía en forma de oros y peluches. Un butrón por donde huir del extrarradio detrás de la portada de un best-seller, y entre juegos y tronos pasar volando las seis paradas del cercanías.
Lo cani es, probablemente, lo cañí reloaded, desbastado de eñes y tildes por si tiene que valer, en un momento dado, de nombre de dominio;  un nuevo sur que sirve de refugio a los adolescentes sin posibles y en el que no hay que tener máster y casi ni abecé para que le acepten a uno; basta con una foto frente al espejo del baño. Eso sí: lo cañí era objeto de enamoramiento por parte de una clase culta que no tenía dónde mirar en busca de modelo estético. Las élites de ahora ignoran lo cani porque andan pendientes del escaparate global y las tendencias se ventilan en Ascot y en Victoria’s Secret, que ya les vale a las élites de ahora. Ya no vamos a asistir a ese ensimismamiento castizo de las duquesas de antaño. Lo cual significa que lo cani se va a quedar en cani, y no va a ser mitificado ni glosado ni va a ser reinterpretado, ni le van a echar piropos, precisamente, cuando pase bajo el andamio literario. O vaya usted a saber.   

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