lunes, 26 de marzo de 2012

Visa para un sueño

Mi infancia de clase media, o así, data de los primeros noventa. Por entonces, los negros eran todavía un fenómeno paranormal en España. Fue a comienzos de aquella década prodigiosa cuando las chachas dominicanas okuparon el huerto cerrado de mi niñez, irrumpiendo en aquel jardín de urbanización con umbrías de aspersores y lascas de pizarra rosa. No nos dimos ni cuenta de por dónde habían llegado. De repente, ya estaban ahí, como una imagen que salta de la nada a un fotograma, sin pararse en congruencias. Eran aves de paso descabalgadas del alisio en vuelo regular, con banda sonora de merengue y aspirador. Eran unas negras caribeñas ruidosas y disparatadas, y aquel enhiesto surtidor de culebrones nos venían muy bien para animar un poco la vida social de Arturo Soria, que era el culo del mundo. La señora oteaba aquella parcela tropical del exilio entre las sombras de su alcoba, como una diosa olímpica mira a la Humanidad, que aunque le sude un pie es un pasatiempo. Un poco como se contempla El Jardín de las Delicias, que es un barco pirata de Playmobil de delirios flamencos. Con un distanciamiento no exento de curiosidad.

Las muchachas manchegas de aseada insolencia, mandonas y susceptibles, las dulces portuguesas y su enciclopédico culto al bacalao, fueron ascendidas justo a tiempo al estatus de secretarias, o barridas por aquella inflorescencia tuberosa que ahora ocupaba el mercado de trabajo. Como aves de paso, también, afluyó la migra de otros países, ratas llegadas de mil barcos hundiéndose, que apenas se sacudían la zozobra ya empezaban a preguntar por el cacho de tarta que les tocaba de Europa Occidental o, en su defecto, de aquella España del boom que era el Gran Canal de la cloaca universal. Eran de colores y no tenían ni nombre, y lampaban por las Vistillas poniendo perdido el español, como antes lo hicieran pichis y chulapas.

Se hizo fácil, intuitivo dirán ahora los horteras de la nueva trova cibernética, distinguir a los pobres, porque en aquella bella época los pobres dejaron de ser como uno, y de entonces les ha quedado a los agentes de aduanas la costumbre de cachear la morenez en cuanto la ven asomar por una puerta automática. Pero a los brasileños, ahora que son ricos, les ha entrado la dignidad, no te jode, y empiezan a aplicar el ojo por ojo burocrático. Y como siempre, a los españoles nos costará cambiar el chip. No sé hace cuánto ya, alguien tuvo la ocurrencia de que el nacimiento de un hombre no determinara su destino, y la Historia se deslindó en dos mitades desde que aquello comenzó, apenas ha hecho otra cosa que comenzar aquello, a decir verdad. Ahora, en cambio, es la clase social lo que lo determina, el poder adquisitivo. Lo que complica las cosas es esta puta crisis, que es la no-crisis correlativa de los países emergentes, y la raza se ha desdibujado y, como indicativo de clase, ya no sirve en absoluto: ha perdido su utilidad como etiqueta. Por eso en Barajas, que son más de brocha gorda, andan desorientados, hasta que aprendan a distinguir cuándo toca alfombra roja y cuándo examen rectal.

Puede imaginarse que los propios ricos emergentes son los primeros interesados en ahorrarse los exámenes rectales que no sean estrictamente necesarios y se han apresurado como locos a buscar signos distintivos que faciliten la tarea de clasificación. Esta puede ser, o por lo menos podemos proponerlo como hipótesis plausible, la explicación detrás de la hipertrofia que han sufrido las marcas de lujo, que últimamente desbordan las pecheras. Un ejecutivo canadiense puede pasearse por un aeropuerto con un look de monje budista paupérrimo, con la tranquilidad de saber que su cabellera dorada y su tez de porcelana proclamarán por analogía la blancura de su alma. Pero yo si fuera mejicano, aunque descendiera de la pata de Carlos Slim, no me arriesgaría a poner un pie en Europa sin parapetarme tras una enseña protectora en forma de caballo o cocodrilo o las iniciales de cierta señora caraqueña residente en Manhattan. Como no queda espacio físico (me pregunto si el espacio puede ser otra cosa que físico) en las camisas para el elefantiásico bestiario del lujo, probablemente el siguiente paso sea hacer los logos de las camisas tridimensionales, y a poca visión de futuro que tengan las firmas caras, ya estarán haciendo experimentos en más de un atelier. Al fin y al cabo, la horterada es la tendencia del día con más potencial, en este mundo con continentes enteros repletos de nuevos ricos.

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